Si bien el concepto de formación profesional está definido como "un proceso educativo teórico-práctico de carácter integral, orientado al desarrollo de conocimientos técnicos, tecnológicos y de actitudes y valores para la convivencia social, que le permiten a la persona actuar crítica y creativamente en el mundo del trabajo y de la vida", nos preguntamos particularmente ¿Cuál es el alcance de la orientación en el desarrollo de actitudes y valores y cómo verificar que en efecto permita actuar crítica y creativamente en la vida?
¿Están los instructores verdaderamente preparados para orientar esos propósitos formativos? ¿En las actividades de aprendizaje se plantean dichos contenidos de forma intencional? ¿O sólo se enfrentan en situaciones coyunturales, cuando se ven afectados el orden y la autoridad?
Para responder estas preguntas, en la investigación "Justificaciones morales del docente" de las instructoras del Centro de Comercio, Magister en Educación y Desarrollo Humano, Luisa María Álvarez, Piedad Lucia Díaz y Alba Miriam Vergara, se analiza el papel del instructor desde la perspectiva moral. En la complejidad de las relaciones maestro - estudiante el discurso del maestro "efectúa intersecciones en las esferas erótico afectivas, social y moral de los sujetos en formación". La investigación parte de entrevistas con instructores sobre dilemas morales a que se vieron enfrentados en su ejercicio de enseñanza aprendizaje. Acaso la conclusión más contundente es que los instructores "demuestra un modelo de interacción con los estudiantes, que se caracteriza por ser autoritario y unidireccional en el cual la mutualidad, la cooperación y la inclusión, están ausentes, lo que da lugar a un modelo monológico dominante" (pág.. 156). Descripción lamentable del formador de una institución que tiene en su misión el propósito de contribuir al desarrollo social del país.
Si con una frase de la investigación se pudiera resumir la tendencia más habitual de los instructores es que "tienen una identidad moral centrada en las formas correctas de comportamiento, según lo dicten las normas y las sanas costumbres". Y con esta justificación se revela que "es posible que induzcan al estudiante a ser un sujeto eminentemente obediente y sometido a normas sin criticidad" (pág., 152). Conclusiones que contradice el perfil del aprendiz que la institución promueve como "libre pensador, de conciencia crítica, constructiva y respetuosa..."
Si este análisis, hecho en 2006, advertía que la tendencia en los instructores y aprendices era el mero cumplimiento de programas de formación que privilegia el conocer y el hacer, y margina el aprender a ser y a convivir, que podremos decir quince años después, cuando los escenarios del "hacer" se reemplazan por efectos digitales de tercera dimensión y los ambientes de convivencia presencial, donde se manifiestan realmente los problemas morales, se cambian por salas virtuales sin interacción personal.