Érase una vez un salón tan grande como una cancha, con mesas y herramientas. Érase un instructor que le gustaba enseñar a hacer cosas que le sirvieran a la gente. Érase un grupo de aprendices que querían fabricar objetos, para su conocimiento y satisfacción. Pero antes de la teoría, antes que definir las formas y procedimientos, el instructor les planteaba una situación de la vida en que las personas tienen un problema, una necesidad o un deseo, y les proponía a ellos solucionarlo o darle cumplimiento. Las consideraciones de modo, lugar y tiempo en que se encontraban las personas beneficiarias del proyecto, determinarían, en buena medida, la motivación de los aprendices y la eficacia del proyecto.
Para que todos y cada uno pudieran aprender más allá de lo habitual, se conformaba equipos de trabajo heterogéneo, en temperamento y conocimiento, en género y en número máximo de cinco integrantes; al más humilde y sencillo, el instructor le asignaba el cargo de líder del proyecto.
La sesión comenzaba con un cuento, que al parecer el mismo instructor inventaba, donde explicaba que en algún lugar de estas tierras, que no era del caso precisar, no ha mucho tiempo vivían unas personas con la necesidad de mejorar una situación que les redujera los esfuerzos y facilitara las acciones. Pasaba entonces a definir detalles del producto a diseñar y construir, para poner a disposición de los equipos los materiales y herramientas para la fabricación y sobre los que en el momento oportuno explicaría sus características para los procesos de corte, ensamble o conformación según se trate de madera, metal o plástico. En una sesión especial abriría una ventana al conocimiento del aprovechamiento de la tecnología en materia de mecánica, electricidad y electrónica, según lo requiera la solución al problema que se plantea. Todo esto poniendo a disposición cada un de los dispositivos didácticos para ilustrar el modo de trasmisión del movimiento, de la eficiencia de esfuerzo, del tipo de circuito, de rotación o de iluminación, de sensores, etc., según la sofisticación que cada grupo quiera dar a su artefacto.
El instructor estaba al tanto de la evolución de los proyectos y les pedía testimonio a los líderes (y gustaba grabar esto en una cámara sony handycam), sobre el modo en que organizaban el trabajo, se asignaban responsabilidades y se compartían conocimientos y dificultades, porque muy habitualmente debían reconsiderar el plan y hacer ajustes, y esto lo advertían por cuenta propia, y no sólo con las observaciones del instructor.
Los aprendices encontraban sentido a las teorías que se enunciaban, descubrían procesos que nunca hubieran leído en los libros, aprendían a trabajar en equipo, a discutir puntos de vista, a superar dificultades, y ante todo a sentir la alegría de poder dar solución a quien tiene problemas.
No suele haber allí tiempo para llamar la atención por desinterés, para vigilar o reprender porque se advierte por el contrario la solidaridad entre los equipos para compartir conocimientos y recursos, no se afana el instructor por sacar notas por cualquier concepto porque la evaluación se presenta de manera integral en las exposiciones que cada equipo hace al final del proyecto, cuando relatan los avatares, los descubrimientos, las soluciones a dificultades, sustentan los documentos de procesos, análisis de costos y ficha técnica del producto, con la verificación de funcionalidad del producto en la puesta a prueba. Y puesto que todos los equipos han hecho variaciones desde el diseño a la construcción, de cómo resolver el problema o satisfacer la necesidad, cada una de las exposiciones es un camino diferente, pero todos llegan a Roma en el clamor de satisfacciones y el honor de los aplausos.
Y para que ese recuerdo, que ahora se puede contar como un cuento a un inquieto novato del SENA, le agregamos un video que muestre el rostro entusiasta de ese tipo de aprendices y el fruto de su ingenio.
