jueves, 15 de abril de 2021

Dialoguemos

 

La motivación primera del hombre frente al mundo es el asombro, luego vienen los interrogantes: quién es, a dónde va, cuál será su porvenir. El hombre descubre que al conocer el mundo se reconoce, que al salir de sí mismo llegará a encontrarse. La tarea es larga y la vida breve. Cada cual logra bosquejar una versión personal del mundo, siempre cotejando y depurando con la ayuda de otras miradas, otros puntos de vista que permitan ampliar la perspectiva. El diálogo es por antonomasia un camino colectivo al conocimiento.

La invitación a dialogar tiene por propósito el entendimiento en un ambiente de cordialidad. No hay privilegio en el uso de la palabra, ni primacía de un argumento. Los dialogantes se reconocen diferentes en personalidad e iguales en derecho y libertad. La actitud que los anima es el reconocimiento mutuo en las diferencias y en las semejanzas. La motivación es establecer relaciones personales o restablecer las deterioradas. A través de las palabras conocemos al otro y somos reconocidos, el diálogo es un escenario para ser y conocer. El lenguaje entonces nos define y en él nos perfeccionamos.

El diálogo debe ser una propuesta de exploración, no de conquista. Si hay un propósito de dialogar hay disposición a la aventura, salir de mis seguridades hacia la incertidumbre del otro. Hay riesgo porque se expone mi punto de vista, mi propia historia, que ha de verse con luz nueva. Cuando el hombre se sabe efímero y reconoce que su punto de vista es cambiante, descubre que la realidad sólo le ofrece impresiones, apenas destellos.

Pero el diálogo cotidiano no suele ser tan sublime ni tan romántico. Definido en esos términos tampoco es tan frecuente. Son muchos los obstáculos que afectan ese ideal y el primero es la condición humana, los dialogantes son falibles. Siendo un acto susceptible de errores y malentendidos, exige prudencia y equilibrio. Pero la buena disposición y el buen talante no bastan cuando en la plática el otro se atrinchera en su posición y nos obliga a porfiar en la nuestra. Acto seguido se radicaliza la discusión, se deja de escuchar al otro, se le desconoce y se declara adversario. De un malestar latente se pasa a la rivalidad, que más temprano que tarde se manifiesta en conflicto. Así el fracaso del diálogo es la raíz de los conflictos y para resolver esta confusión hay que volver al origen, al diálogo.

El diálogo es un acto exigente que suele confundirse con otras connotaciones. En la entrevista quien pregunta es subsidiario del que responde. En la plática hay intención dogmática de quien predica. No hay diálogo cuando el mensaje va en una sola dirección, y aun cuando vaya en doble vía, como el debate, hace irreconciliables las ideas postuladas. Ni tampoco el foro, que privilegia el parlamento del experto y resigna a escuchar al auditorio. El concepto de diálogo se degradaría si se asocia a "negociación", que disimula como acuerdo un beneficio particular. Hasta los Diálogos de Platón son monólogos del escritor que juega literariamente a exponer sus ideas. Estos factores externos desvían el concepto profundo de diálogo. Detectar las interferencias del diálogo es el primer paso para superarlos.

La imprecisión o ambigüedad del lenguaje afecta el diálogo. No siempre es acertada la elección y el orden de las palabras para hacernos entender y se hace necesario insistir al lenguaje que diga lo que es imprescindible, por eso en un diálogo no hay una última palabra, ella se va depurando. Incluso lo que no se diga formalmente, la expresión tácita, también hay que escucharla. El dialogo no se agota en una reunión, hace pausas y deja las puertas abiertas a próximos encuentros.

En muchas ocasiones quien tiene más habilidad comunicativa tiende a imponer sus argumentos y la imprudencia a no escuchar al otro. El dialogo corre el peligro de convertirse en ejercicio para la vanagloria o el halago: El ego reclama protagonismo. No hay que impedir que éste hable, sólo hay que develarlo. Pero ese intruso está en todos los dialogantes: Yo tengo el mío y el otro el suyo, y si a ambos nos perjudica es el momento de la alianza para superarlos. Tal vez este es el momento más intenso de un diálogo, la conciencia de sí mismo y del otro, cuando nos solidarizamos. Es curioso que donde aspirábamos a la verdad encontremos liberación, porque el diálogo se ha hecho ceremonia de comunión.

Y si acaso el buen entendimiento y la cordialidad, condiciones sine qua non del diálogo, se vieran atacados por la mentira, que suele vestir mil máscaras, es cuando se debe cerrar el diálogo con un solemne telón de silencio.

Salvados los escollos, es momento para dejar que el diálogo navegue por aguas de confianza, soplando vientos espontáneos. Se mira a los ojos del otro como quien mira al horizonte y cualquier tema que se invoque siempre estará a lugar. Y se hace oportuno amenizar el diálogo, por ejemplo, con un tinto. Las palabras cobran voluntad para recrear el mundo y el pasado o el presente se hacen uno en ese instante. Y surge de pronto la risa para regocijar los corazones, porque no hay nada más grato que sentir que hay otro que está ahí, escuchándonos, hablándonos, fortaleciendo la amistad o dando plenitud al amor.