martes, 30 de noviembre de 2021

¡Adiós, viejo!

 


Hace pocos días me encontré en el SENA con un viejo conocido de la escuela. Sentimientos encontrados se agitaron en mi corazón. Si bien su presencia me evocaba gratos recuerdos de infancia, volverlo a ver, en las actuales circunstancias de modo, tiempo y lugar, me pareció anacrónico, e incluso de mal gusto. El amigo que me lo presentó se sintió contrariado porque suponía que su compañero gozaba del aprecio de toda la comunidad educativa y que mi trato hacia él, un tanto despectivo, no le parecía coherente, pues me consideraba un instructor tolerante y no comprendía por qué me incomodaba su presencia. 

Le respondí que mi sentimiento era personal y que no debía tomarse el asunto tan definitivo. Insistió que mi emoción debía tener alguna justificación y quería conocer mis argumentos. Le expliqué que habitualmente nos acostumbramos a considerar como buen compañero a quien sutilmente nos domina, que si bien aquel viejo conocido lo habíamos aguantado en la inocente etapa de la niñez, más como imposición de la autoridad que de la razón, no teníamos por qué aceptarlo ahora que tenemos mejor conciencia de las cosas. La verdad, le confesé, es que si bien no me puso a padecer, no olvidaré cuanto sufrieron muchos de mis compañeros de estudio que no gozaron de una buena defensa para enfrentarlo. Ante expresiones tan alarmantes me exigió le diera detalles de semejante tragedia. 

- Cuando lo conocí en la escuela, - le expliqué - era básicamente un instrumento de sometimiento a la autoridad, que luego se fue convirtiendo en herramienta de tortura. Sólo una élite de obedientes y aplicados podían aprobar sus modos, pues con la aprobación de sus profesores, podían usarlos para humillar a sus compañeros, menos dotados. Y es que los profesores no sabían que todos no están  dispuestos a seguir la línea, a permanecer a raya, ni a detener su impulso contra la margen; no comprenden que hay quienes no gustan de estar alineados, que les molesta los límites, las barreras, las prohibiciones. No cuento con todos los argumentos para sustentar como ese viejo compañero de escuela es causa de tantos males, pero siento que por él somos tan planos, tan cuadriculados, tan reglados, tan obedientes, tan sometidos, tan temerosos, tan egoístas, tan resignados. No en vano la etiqueta que solía identificar a nuestro viejo conocido era: Norma. Y esto sólo cuando su compañía era común denominador y no distinguía de clases, ni talentos, ni talantes, cuando la Norma era popular, pero llegó el concepto de mercado y competencia cambiando la sencilla y acartonada cara por una sofisticada presentación, plastificada, cosida y argollada, que confundió de vanidad y egoísmo el corazón de los niños. Así que un ser que debía ocupar un papel, de papel, importante en la formación de los niños se convirtió en instrumento para el dictador de planas, para el copión de tableros, para el sometimiento a la regla, para la tortuosa copia, para la calificación y la descalificación, para la división sin multiplicación, para el orgullo y el prejuicio.

- Uno se acostumbra - me dijo resignado - y le coge afecto. La verdad es que no me atrevo a reemplazarlo. 

- Pues si quieres ir a la conquista del conocimiento con vuelo propio, y hacer registro de notas, datos e información con pertinencia profesional, como se propone el SENA, te recomiendo lanzarte al infinito de una página en blanco, sin líneas y sin márgenes, con la libertad de pensamiento para elaborar esquemas mentales, mapas conceptuales, diagramas de ideas, que no tienen límite de margen y es posible ampliar sus bordes para que alcancen más signos, más gráficos, más figuras, más dibujos, más planos y mapas. Y además de cualquier otro argumento creativo y liberador que me haya olvidado citar, está el económico, pues un block sin rayas tamaño carta siempre será más barato que un cuaderno Norma o Scribe, escolar o universitario, de cien, de ochenta o de cincuenta hojas.